Admito que me costó cuchichear de mis 50. Creo que me pasé un año inconmovible diciendo que tenía 49+1, pero fue montar a los 51 y, de repente, empecé a notar todos los cambios que me negaba a creer cuando me los advertían mis amigas. Todos.
Como soy un poco «todo contorno» y haciendo honor al apodo de «señorita-yo-puedo-con-todo», con el que cariñosamente me llaman mis seres queridos, pensaba que exageraban. Hasta que un día, mejor dicho una oscuridad, te despiertas sobresaltada con el cuerpo sudando como si salieras de una sauna. Perdona ¿esto qué es?, susurras convenciéndote de que tal vez fue una pesadilla que no recuerdas.
Pasaron meses hasta que volví a sufrir otro sofoco así que pensé que era casual. De repente, me sentí avergonzada en el autobús cuando me tuve que quitar el amparo y el chaleco por el calor repentino que me invadía… ¿se habrá estropeado el salero acondicionado?, me preguntaba minutos ayer de que mi termostato interno volviera a la temperatura frecuente y me tuviera que poner todo otra vez, esperando que nadie notara mi nivel de «señorez».
¿Qué va a pensar esta familia? ¿De verdad voy a tener que arrostrar un abano de abuela en el bolsa? Spoiler: lo llevo.
Desde entonces he vuelto a tener la regla, pero asimismo algunos sofocos. «Sí, pero no«, que diría mi amiga Sibila en su texto «Señora lo será tu puta madre«, cuya leída os recomiendo.
Mi reconocimiento al médico de colchoneta para unos prospección y quejarme por primera vez de un dolor que duraba meses (y que en mi, era poco muy raro) terminó con una frase rotundo que decía «en esta época, te van a doler cosas sin explicación. Prepárate que empieza una etapa muy, digamos… divertida«.
A la señorita «a-mi-no-me-duele-nunca-nada» y «todo-pasa-por-algo» no le sirvieron esas explicaciones. Así que salí de allí con cierta desconfianza.
Pensé que serían los tirones de la correa de Rita, o malas posturas durmiendo con un perro que invade todo el espacio… y de verdad creo que lo intensifica, pero parece ser que estoy en esa antigüedad en la que mejor averiguar remedios que causas.
Así que recurrí a un producto que tengo siempre en casa. Siempre. Y sin el que ahora ya no puedo habitar: los parches de Thermacare.
Los tengo para el cuello, para las lumbares, para la espalda y hasta para las rodillas (que es el único que aún no he utilizado y espero no faltar).

Aquí, creo que ya os lo conté, he probado otras marcas, algunas menos efectivas y algunas que por la forma acaban arrugándose y siendo super incómodos.
Mi preferido es el de las lumbares, pero funcionan todos igual: se pegan acertadamente (no toda la superficie, gracias a dios, lo suficiente para que no se muevan pero poco para evitar depilaciones no solicitadas de las zonas donde se aplica) y van soltando calor progresivamente. El calor puede durar toda la oscuridad incluso.
Alivian el dolor y sobre todo, te permiten hacer vida frecuente.
Si tenéis ocasión de probarlos, os los recomiendo como ausencia en el mundo. Incluso el de cervicales o cuello, te lo puedes poner días concretos que tienes la zona muy cargada y son un real placer. Yo ahora mismo os escribo con uno puesto, que estos días me está molestando congruo.
Encima, una vez que te los quitas, el objetivo de alivio dura congruo.
Os dejo enlace (de afiliado) a la tienda de la marca de amazon (https://amzn.to/4nneSGH) para que veáis todos los productos, pero se venden en cualquier botica. recordad que son los de la caja roja 😉